Pradera-Refugio De Goriz-Pico Marbore(3248M)-Picos De La Cascada Oriental y Central(3161M)(3108M)

Todas las fotos de esta salida en el álbum:
https://photos.app.goo.gl/aDzY6C7yuNi1fjoh6

Crónica de la actividad: Marboré y Picos de la Cascada.

8/9 de julio de 2022

De números, tierra, traiciones, milagros y edelguaises.

Los milagros existen, no cabe duda. ¡Ya me lo dirán el año próximo, cuando el Zaragoza suba a primera! El entorno cristiano los capitalizó desde que tuvo capacidad para hacerlo. En la Judea de finales del I a.C se daba por sentada su existencia. Lo único que les interesaba determinar era su naturaleza. Es decir, si eran de inspiración divina o diabólica. Milagros se ven casi todos los días, y no hablo de los clásicos: que si un ciego de nacimiento consigue ver, que si le crece a otro la pierna recién amputada, o le toca a aquél la lotería sin haber comprado boleto. No. Me refiero a acontecimientos que pasan desapercibidos y que tienen difícil explicación desde el punto de vista científico y racional. Véase un ejemplo: un sábado de julio consiguió un grupo de 13 personas llegar desde Zaragoza puntual al parking de Torla, preparar todo el bagaje sin olvidar nada, adquirir billetes del servicio de autobús, tener plaza en el mismo vehículo y aterrizar en la pradera de Ordesa antes de las 11:00 de la mañana, dentro del margen de lo previsto por la organización. No me pregunten cómo. Cierto que hubo que renunciar al café itinerante, pero dio tiempo a tomarlo allí el que quiso. Y dio comienzo la excursión.

El lector ya conoce Ordesa. La subida a Góriz se hace siempre más corta que la bajada. Será el entusiasmo al comienzo de la actividad, será la perspectiva de lo que está por venir… El caso es que acabamos el café, hicimos así, ¡y ya estábamos encima de las gradas de Soaso, a la sombra de los últimos pinos y almorzando! Yo soy un poco rancio en el tema de la alimentación (y un poco gorrón), y aconsejo no portear más de lo necesario en víveres (admito que lo de necesario es muy subjetivo), sobre todo si hay programado refugio. Pero reconozco que el asunto de las botas de vino en las excursiones debería tratarse en alguna asamblea monográfica del club. No sé: subvencionar el suministro, alternar el porteo, conceder distinciones en la cena de fin de año (“Bota de Oro”, o algo así…).

La segunda parte de la subida, cuando se abandona el valle, siempre se atraganta un poco más. Es hermosa por las vistas desde arriba del circo y la cantidad de edelguaises que bordean el camino (el que suscribe, una vez más, intentó una observación erudita sobre etimología y pronunciación, obteniendo como siempre nula o escasa audiencia de los miembros de la expedición, de modo que se cebó en tres excursionistas que circulaban por allí hasta que vino el Greim a socorrer a los incautos), pero dicha subida pilla en las horas centrales del día, con el cerebro reblandecido y el sofoco de la calorina. Añádase que el organismo necesita consumir mucha agua para disolver la grasa de ibéricos y manchegos, jabugos y secallonas, y obtendremos imagen clara de la ansiedad previa al desembarco en Góriz: ¿habrá cerveza suficiente? El hecho es que la tragedia anduvo cerca: se acabó la cerveza de barril y hubo que recurrir al laterío. Aquello salvó el primer día. Porque, amable lector/a, en la planificación de una excursión intervienen muchos factores y la cerveza no es asunto menor. De atrás a adelante, si a las siete hay que estar cenando, a las seis hay que estar bebiendo cerveza, a las cinco y media la ducha, a las cinco hay que estar eligiendo dónde dormir, entiéndase, en qué pedazo de tierra vivaquear. Porque en Góriz ahora se pagan 10 euros por 2 mts cuadrados de tierra…para dormir. Un hombre o mujer, no necesita más. (Aquí el enlace del delicioso cuento de Tolstói sobre la ambición humana, “¿Cuánta tierra necesita un hombre?”  

).

Algunos alquilaron tienda, los más vivaquearon en sus 2 metros cuadrados. Y despertaron al día siguiente.

Pero antes cenamos. Bien. Rica la cena de lentejas vegetales y carne indefinida con guarnición de arroz, y postre que no recuerdo. No se me olvida sin embargo la disposición de la mesa, y es que 13 es muy mal número. Pruebe si no el lector a organizar un campeonato de guiñote con 13 concursantes. La presidencia de la bancada quedó inutilizada para dejar acceso libre al camarero, y el número 13 del grupo tuvo que situarse revirado en una esquina. Jesús, creo que fue, casi un capricho del destino, como en la Última Cena. No ha gozado de popularidad el número trece (rimadas aparte). Se considera que en 13 (martes o viernes, según culturas) no se deben emprender negocios pues pueden fracasar. A eso en la antigua Roma se le llamaba días nefastos (ne-fasto: no propio para fastos: negocios, viajes etc.. Solían designarse a causa de algún suceso calamitoso acontecido en la fecha en cuestión: una antigua terrible derrota militar, por ejemplo). Al parecer le viene al 13 la mala fama precisamente de la antedicha cena, 12 discípulos + Jesús de Nazaret, donde Judas Iscariote decidió traicionar a su maestro, no se sabe bien la razón. Quizá por sentirse él a su vez traicionado en su ansia revolucionaria según unos, o tal vez humillado según otros porque le habían pillado pinchando la bolsa comunal, pues era el encargado de la intendencia del grupo, una especie de contable o cabo furriel, como prefieran, o por pura avaricia, según relatan dos evangelistas. El caso es que delató ante el sanedrín, controlado por los saduceos, facción religiosa colaboracionista con el poder romano, dónde iban a albergarse aquella noche previa a la Pascua: en una finca en las afueras de Jerusalén, donde iban a vivaquear al raso, no consta el precio por parcela de tierra, pero se supone caro, pues Jerusalén durante la Pascua debía de ser lo más parecido a Góriz durante el puente de la virgen de agosto. No cabría un alfiler. Le tenían ganas al nazareno las autoridades judías y romanas, que había protagonizado en los días previos un par de episodios incómodos. Había entrado en Jerusalén montado en un pollino, como había hecho Salomón y vaticinaba una profecía que entraría el futuro rey de Israel. Luego se había enfrentado a los cambistas del Templo, adonde iban todos los judíos dispersos por el mundo al menos una vez en su vida a entregar su víctima sacrificial y donde no les quedaba más remedio que cambiar sus monedas de origen en siclos o dracmas de Tiro, obligatorios para los diezmos del Templo. Un mal necesario, como los bancos modernos. Aquello, más alguna pregunta capciosa sobre los tributos a los romanos resuelta con gran habilidad, les revolvió las tripas a unos y a otros. Y pues gozaba de fama el carismático rabí de Nazaret, pues no se atrevían a detenerlo a la luz del día, y para evitar la escandalera fueron a apresarlo de noche. Todo sucedió después muy rápido: en menos de 24 horas había sido juzgado, condenado, enviado al gobernador romano a que ratificara la sentencia (las penas de muerte debían ser ratificadas por las fuerzas de ocupación) y ejecutado.

Cuando a veces tengo trece alumnos en clase (o doce y yo sumo el trece) suelo proponer un divertido juego: averiguar quién es ese día Judas Iscariote. Porque alguien “ejerce” de Judas de alguna manera: alguno que no ha hecho los deberes, o quizá otra que le chiva al de al lado la solución de la tarea…o cualquier gesto que pueda servir. Si uno es observador y se fija en detalles sutiles acaba averiguando quién asume inconscientemente el rol de Judas entre los 13. En el grupo que subió a Góriz hubo una persona que ejerció dicho papel. No revelaré su nombre, sólo dejaré una pista: llevaba mochila ese día.

Nadie, no obstante, ejerció de Judas al día siguiente porque ¡oh milagro! (y van dos), subimos 13 y bajamos 16. Nos multiplicamos como los panes y los peces. De bajada nos esperaban en Góriz otros tres miembros del club. Cristina, Cristian (nombres, si me permiten, muy apropiados para el tema que nos ocupa) y Richo. Este último sin bota de vino, lo cual ya es un milagro en sí mismo. Yo por lo menos no la vi y puedo asegurar que estuve atento. De modo que nos perdimos el milagro de Canaan.

Antes habíamos subido a un par de picos de la redolada. Mientras la Gran Romería iba al Perdido nosotros fuimos al Marboré y Picos de la Cascada. ¿O fue al revés? Pues hasta llegar al embudo de acceso al Marboré (de marmor, mármol, por el aspecto de su roca desde Francia) se suscitó un apasionado debate en torno a cómo es la forma más acertada de repartir la baraja: si de izquierda a derecha (como en el póker) o de derecha a izquierda (como en el tute), para lo que no hubo consenso unánime. Almorzamos en la inmensa explanada del Marboré y luego nos pusimos los cascos para negociar el ascenso a los Picos de la Cascada. Lo de los cascos tiene su guasa. Los estuvimos paseando durante toda la excursión y no se nos ocurrió ponérnoslos la noche anterior en Góriz para ingerir el vino que nos sirvieron durante la cena, de largo el momento de más peligro que corrimos durante toda la actividad… Peleón de los de acompañar con magdalena (bollería, no mezclar conceptos aquí).

En fin, que todo salió bien, incluido el paso de primer, segundo o tercer grado, convertible a voluntad, en el resalte de salida de la Ciudad de Piedra, y el último milagro del día: un generoso chaparrón bajo el que no nos mojamos, y es que es lo que tiene el hayedo, como me dijo alguien sabio ese día: mantiene las suelas húmedas y las cabezas secas.

Enhorabuena a todos por la vuelta a casa, al club y a las actividades de montaña.

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